domingo, abril 22, 2018

Espazo Caritel


Dice Caxigueiro que la tierra que se extiende desde Estaca de Bares a Barreiro no tiene primavera. El viernes que estuvimos en San Martiño era por el calendario un día de primavera, pero es verdad que no lo parecía. Venía desde el mar una bruma insana que dejaba en el aire un aroma a verdín. Hay un poema del portugués Carlos Lopes que le dice a la camelia: “fazes do Inverno a Primavera”. Quizás tenga que ver esa voluntad de llevarle la contraria a la persistencia del invierno aquí, en esta mariña, pero también en otros lugares próximos y no menos olvidados por el sol primaveral, la afición por las camelias. El jardín del Espazo Caritel es un lugar de camelias. De muchas y bellas variedades de camelias. Sus vivos colores, realzados por el telón verde sobre el que florecen, son un espejismo primaveral.


El Espazo Caritel se levanta a los pies de una hermosa, imponente, oscura y húmeda basílica románica. Tiene una arquitectura moderna, de muros blancos y vanos acristalados amplios.  Allí se expone una muestra pequeña pero representativa de la obra escultórica y fotográfica de Daniel Caxigueiro. Él nos la mostró y explicó. El pequeño catálogo expositivo del Espazo deja apreciar el carácter conceptual de sus creaciones, que tienen allí el apropiado apunte para conocer algunas de sus principales obsesiones: las series Guerreiros (que parte del encuentro casual del artista con los dientes gastados de una excavadora, con la interpretación que un niño, su ahijado, hizo de aquel material y con la metáfora que a partir de ese encuentro recrearon sus cerámicas reproduciendo el motivo, en lo que bien podía entenderse como búnker o burka), O Bosque das Ausencias (donde un tratamiento expresionista del material cerámico otorga a una especie de máscaras vagamente griegas el aspecto torturado de todos los dolientes por guerra o injusticia) o A linguaxe da memoria (inspirada en la destrucción de la Biblioteca de Sarajevo y que reproduce libros calcinados y mutilados depositados el suelo o sobre instalaciones móviles que aluden al permanente traslado de los conflictos y sus traumas).

Hay en la camelia, en su cultivo, quizás, un espíritu de rebeldía: la belleza retando brumas. Hay en la obra de Caxigueiro una defensa de la cultura, una denuncia de las agresiones contra la libertad y una voluntad de resistencia contra el mal que explican su obra y que, acaso, expliquen también su jardín.

jueves, abril 12, 2018

La memoria de los árboles, de Concepción Sanfiz


La memoria de los árboles
Concepción Sanfiz
Punto Rojo


Manuel Sanfiz Trigo. Doy con él noticia de un rastro. Porque la intención última de un libro es dejar rastro de su lectura en quien lo tuvo entre sus manos y se adentró en sus páginas.  La intención última de La memoria de los árboles, de Concepción Sanfiz, es levantar un pequeño bosque de hombres, una humilde foresta  de memorias dignas que no merecen el olvido.  Y entre ellas, la más querida, la del propio padre de la autora:  “…solo lo que se nombra existe. Por eso voy a dejar constancia aquí del nombre de mi padre: se llamaba Manuel Sanfiz Trigo, y así se seguirá llamando mientras haya un lector que lea estas páginas y luego pronuncie, despacio, su nombre en voz alta”.  Pero en torno a esa figura paterna, y sobre el suelo fértil de Olba, se alzan también, igual de firmes, las vidas recordadas de otros cuantos buenos seres humanos. A ellos viene a hacerles justicia el libro. Al dirigirse a la narradora, lo dice bien Isabel  —personaje que vertebra con sus evocaciones la trama central del relato—:  “…muchas de esas estrellas que vemos hace tiempo que se han apagado. Pero, aunque estén muertas, su luz seguirá iluminándonos durante años. Eso es lo que has hecho tú: lograr que su luz siga brillando”.

Este propósito que creo que es el de la obra, se urde a través de la historia de una profesora que llega a un pequeño destino rural, la villa de Olba, desde el que intentando mantener vivo el recuerdo de su padre, del que quedó huérfana siendo niña, asume un compromiso emocional con ciertos personajes del lugar, cuyas vidas, en peligro de olvido, cree, con buen criterio, que merecen el esfuerzo de la remembranza y del testimonio. Cada uno de esos mundos individuales que se intentan salvar es un árbol, porque como los árboles todos “tienen la generosidad callada de los seres que hacen bien a los demás sin que se note apenas”. Y Olba termina por desvelarse como una tierra propicia para los árboles. 

En estos tiempos de patrias arrojadizas, resulta conmovedor asistir a la creación de  una patria mucho más humilde, íntima, permeable, de fronteras tan modestas como el caño de una fuente, la fábrica sólida de unas escuelas graduadas, el tapiz de unos pétalos de camelia o la cancilla de un lavadero en desuso.  Una patria de olores: “el olor del ozono en el bosque, tras la tormenta; el olor a lejía de la iglesia, cuando las mujeres fregaban con gruesos cepillos el entarimado; el aroma delicioso  y reconfortante del café, tostado en grandes bombos calentados sobre brasas a las puertas de los bares, y, entremezclándose con él a lo largo de las plazas y calles, el penetrante olor a estiércol de los días de feria, o el inconfundible perfume de la hierba recién segada, preludio del verano, o de la crepitante leña ardiendo en las cocinas, indicio del invierno”. Pero sobre todo, una patria de afectos: hacia y de quienes acogen a la profesora curiosa que indaga paisaje y gentes con la voracidad de un vacío en el alma que la persigue y que logra finalmente llenar en su destino con graves historias de desarraigo o exilio, pero también con pequeños y ocurrentes sucedidos. No son sino, en fin, los cuentos con que  Scheherezade trata de engatusar al sultán Tiempo, ese cruel déspota que todo lo condena a la amnesia. Olba está llena de fuentes. El agua corre por sus calles, por sus praderías. La lluvia cae largamente a lo largo de todo el año. “Olba, lugar donde el agua está omnipresente, es, precisamente por eso, un paradigma perfecto del tempus fugit”. La literatura, dice, Concepción Sanfiz, “esta ansia  de escribir, no es más que mi pequeño David contra ese colosal Goliat que es la propensión universal al olvido”.  “No sabes cuánta soledad puede caber en una memoria que no encuentra recipiente en que verterse”.

Pero si la novela está construida desde el homenaje a hombres y mujeres modestos y entrañables que como Marcelo, casi protagonista del libro, sufrieron la expatriación de esa arcadia olbense que aún hoy sigue dando muestras de su belleza en campos, casas, perspectivas múltiples y breves jardines, la impresión global de cuanto finalmente se cuenta no es otra que la de estar, quizás contra la misma voluntad de la autora, ante la elegía del propio lugar, abocado, como el rastro mismo de sus mejores gentes, a la voracidad de la desmemoria. El párrafo que sigue, bellísimo y tan triste que a uno, que también sabe donde está Olba porque allí pasó inolvidables días de infancia, y porque allí reposan las cenizas de su padre, le llenó los ojos de esa humedad olbense que todo lo impregna; es, de un modo sutil, el desesperado esbozo de esa ruina dolorosa a que abocamos los pueblos con el abandono: “Cuando el invierno se vuelve benigno, o ante el más leve indicio de primavera, muchas de esas casas vuelven a convertirse en hogares. Algunas lo son de verdad durante los períodos vacacionales y eso confiere a su aspecto un tinte de expectación permanente, como si fueran enfermos de pronóstico incierto que confiaran en una pronta recuperación. También su recuperación es un espejismo: sus propietarios las habitan unas semanas al año; en el mejor de los casos, realizan en ellas unas mínimas tareas de mantenimiento y luego las condenan de nuevo al abandono hasta su regreso. Y sin embargo, en esos contados días en que el clima se vuelve benigno y casi nos convencemos de que existió la Arcadia, alguna vecina, encargada de cuidar de esas viviendas huérfanas, se apresura a ventilar sus dependencias, y se ve a las casas tan alegres de barruntar una próxima llegada de sus dueños, que da aún más pena contemplarlas de nuevo herméticamente encerradas en sí mismas, aparentando tan sólo una enternecedora dignidad tras la que se esconde el dolor de su vacío, la nostalgia irreprimible del tiempo en que fueron hogares. Pero también hay casas que no se ventilan nunca, ante las que me pregunto por las familias que un día las habitaron y hasta llego incluso a imaginarme a esas personas en torno a su hogar. Y entonces, el cadencioso sonido de un cencerro o el trino de un pájaro que celebra, como yo, esta tregua del invierno, hace que, por un momento, piense que esas gentes habrán oído sonidos idénticos en este mismo lugar”.

Las buenas intenciones no son nunca salvaguarda de una buena literatura (más bien adoquinan, según dicen, los infiernos), pero cuando con buenas intenciones se es capaz de hilar una prosa limpia y cuidada, un relato somero pero bien estructurado, una emoción sincera y contagiosa, cuando todo eso se ofrece a la vez, el placer de la lectura, entonces, se intensifica por la adecuada conjunción de estilo y propósito. 

Concepción Sanfiz fue dichosa en su destino docente en Olba y ha sabido agradecer ahora, con este bello libro lo que Olba le dio durante aquel tiempo allí: “En teoría iba a Olba para enseñar Literatura Española. En la práctica, eso procuré hacer lo más dignamente que supe, pero para mí fue más importante lo que aprendí que lo que enseñé.” Si así fue, no se debió ello, cree uno, sino a la humildad con que la escritora supo acercarse a los olbenses, a su historia y a sus tierras. Desde ese respeto a los otros -en las antípodas de cualquier arrogancia-, desde esa altura discreta y atenta que mantuvo la profesora en Olba, hasta la pequeña hierba puede parecer al viento un oleaje y hasta las gentes más modestas, merecidos héroes de odiseas desconocidas.

Olba es ya, desde este libro, una patria cierta. El paisaje de un recuerdo sostenido sin menoscabo a lo largo de las estaciones. El asidero de algunas memorias nobles. Y, sobre cualquier otra cosa, el territorio fijado para siempre en un momento, entre lusco e fusco, en el que todavía cabe la ilusión de que nunca llegará allí la ruina, como acaso llegue, tristemente, al envés de su anagrama, Boal.

miércoles, abril 11, 2018

Tormenta


















Dios arrastra a veces sus tormentas por el cielo
con la misma desesperación de un condenado,
de un convicto entregado a las cadenas
por un largo tiempo de insomnio y sombra.

La venganza envilece entonces
de tal manera todo cuanto hace
que hasta hay tardes en que su mano diestra,
la cincelada en mármol,
ahoga cruel como una almohada
el aliento último de los mejores días.

JCD

miércoles, abril 04, 2018

Cabo Mayor



“Hay un lapsus en el Génesis. Y es que no dice cuándo fueron concebidos los faros.  Son obra humana, pero pertenecen a un orden especial de la naturaleza, como los barcos. Por muy prodigiosas o grandiosas que sean otras construcciones, no hay arquitectura comparable. Los faros son seres vivos. Más que formar parte del paisaje, lo crean.”
     
                                                                                                          Manuel Rivas

martes, marzo 20, 2018

Cantata de los días tasados



El sábado recogimos en Navia el premio Campoamor. Velada muy agradable. Palabras generosas de José Antonio Pérez Sánchez, que presidió el jurado y que es persona sabia a la que da gusto escuchar. Uno, por su parte, agradeció al ayuntamiento de Navia que haga posible la convocatoria (también la cultura es estado del bienestar), a quienes eligieron mi poemario y al editor del libro que lo publica, Cristian Velasco (conversador muy ameno, como luego pude saber en la cena con la que cerramos el día). La edición, no venal, puede leerse pulsando sobre la portada de libro o sobre el título de la obra:
                                           Cantata de los días tasados.

miércoles, diciembre 20, 2017

Sangría y la afición

Sangría era un aficionado muy popular que en los setenta, antes de los partidos corría las bandas de El Molinón portando una pequeña bandera rojiblanca bajo los aplausos socarrones de los aficionados.  Yo era socio infantil por entonces. Me llevaba al campo un amigo de mi padre que aparcaba su Seat 850 por detrás de La Asunción. Ocupábamos escalón en la grada este. Olía a puro, se vendían a las puertas del estadio almendras garrapiñadas y en las cantinas botellines de Fundador.  Yo conocía a Sangría porque lo veía a menudo por mi barrio, era de El Llano y parroquiano más que asiduo de los bares de la zona. Vivía del pequeño sablazo consentido. Recuerdo que José Manuel, aquel capitán educado y de fútbol sobrio, que fue luego gerente deportivo y murió muy joven,  era uno de los patrocinadores menos reticentes del bueno de Sangría. Lolín, como llamábamos los vecinos a José Manuel, también era del barrio y le gustaba ayudar a los suyos. A Sangría lo encontraron muerto una mañana en La Campona, al lado del viejo campo de Los Fresno. Aquello estaba por entonces sin urbanizar y los charcos eran como cráteres de miseria. Sangría se ahogó en uno. Posiblemente calló de bruces rendido por el alcohol y ya no pudo levantarse. A veces pienso que la afición del Sporting tiene mucho de Sangría, pasea la bandera ebria de ilusión antes de que empiece el espectáculo y se deja morir a la mínima a la orilla del desencanto.  Se acaba de elevar a los altares a un jugador de la casa, Nacho, al que uno, de momento, lo ve como un pelotero aseado y merecedor de continuidad, la que nos dará la justa medida de su valía. La afición corre la banda portándolo en estandarte como Sangría portaba su bandera.  Si el guaje termina por no cuajar, tendremos otro juguete roto y un nuevo charco donde ahogarnos, aunque el PERI del Llano haya asfaltado hace años las viejas calles de mi barrio y hoy sean casi el centro de la ciudad.

jueves, diciembre 14, 2017

Premio "Maria Elvira Muñiz"

A finales de los setenta, siendo poco más que un crío, pisé por vez primera la vieja sede de Gesto en la calle Dindurra. Militaba entonces en las Juventudes Socialistas y se hacían allí las asambleas locales. Sólo unos años más tarde, en 1982, volví a Gesto convocado entonces por Juan Garay —que ya presidía la Sociedad Cultural—, y junto a algunos otros jóvenes poetas, con los que se intentaba revitalizar, a través de iniciativas menos políticas y más plenamente culturales, la actividad de una institución que, como el resto de las culturales de la época, había servido de trampolín reivindicativo en los funestos tiempos de la dictadura. Desde entonces, van ya treinta y cinco años, Gesto ha sido mi compromiso. Con el Grupo Cálamo, desde donde pusimos en pie el Premio Cálamo de Poesía —que sigue convocándose puntualmente cada año y del que van ya treinta  tres ediciones—; con la colección de libros que edita los trabajos galardonados; con la organización de los Encuentros Poéticos que han venido reuniendo en nuestra ciudad, desde hace tres décadas, a una importante nómina de escritores; con la publicación primero de la revista poética Cálamo y luego del boletín de opinión Ágora;  con las lecturas y presentaciones de libros;  con la difusión, en fin, de esa parte de la literatura en la que estamos fundamentalmente implicados: la poesía. Arrancamos aquella aventura literaria Juan Ignacio González, Alejandro Cuesta, Miguel Ramos Corrada, Margarita Prado, Ana Gago, Andrés Albuerne, Víctor Guerra, Miguel Ángel Bonhome... Se fueron algunos. Se nos fueron otros. Vinieron después Emilio Amor, Mar Braña, Esteban Fernández o Julio Obeso. Gesto ha sido mi otra casa, también mi otra escuela, de formación y de amistad. Sobre todo de amistad. Allí conocí a una de las personas más generosas con la que la vida me ha premiado: Juan Garay. Él fue Gesto durante muchos años y el día que se nos fue bien pensé que con él se iría también Gesto. Hemos logrado sostenerlo creo que, sobre todo, por no traicionar su prolongado y altruista esfuerzo. Echándole más horas y más ánimo si cabe a lo que hacemos. Ayudando en la tarea a Arlé Corte, que tomó el relevo de Juan con enormes ganas y creciente acierto, y manteniendo las señas que han identificado a una sociedad cultural empeñada en dar cabida a todos y fomentar la cultura alternativa, la poesía, el cine, la fotografía y el teatro.

El Premio Elvira Muñiz nos hace felices porque reconoce la labor que en el campo poético hemos venido desarrollando y porque nos liga para siempre a uno de los grandes referentes de la cultura gijonesa, la profesora doña Elvira Muñiz, que siempre alentó entre sus alumnos el aprecio por los libros.

Uno ha tenido durante estos años la suerte paralela de alcanzar algunos premios literarios y de publicar varios libros, pero este modesto galardón otorgado a Gesto, donde tanto he vivido, me ha procurado una de mis mayores satisfacciones. En la vida es importante no rehuir el compromiso de intentar mejorar el mundo que pisamos, de no fallarle a la gente que queremos cuando nos necesita. Mi lealtad a Gesto ha sido parte de mi contribución con ese deber. Dice Joan Margarit, un poeta catalán al que siempre es un placer leer y escuchar, que: “El ser humano vive en un universo cruel y brutal, que gracias a la ciencia y la técnica se defiende de la agresión de ese universo apretando un botón, pero que la intemperie moral nos alcanza a todos tarde o temprano con pérdidas, errores o catástrofes personales (la muerte de un ser querido, sentirse abandonado por tu cónyuge…). Entonces nos preguntamos, ¿qué botón debemos apretar? Es en ese momento cuando advertimos que sólo nos quedan las letras como consuelo. Pero leer a Montaigne una vez que ocurre una desgracia ya es demasiado tarde, hay que tenerlo leído antes. De ahí la importancia de las Humanidades en la educación”. Desde Gesto, modesta pero persistentemente, hemos intentado ofrecer aliento cultural a la gente que nos rodea.

Hace año y medio, y regresando de un viaje por tierras gallegas, nos detuvimos en la playa de Esteiro de Ribadeo. El día era desapacible y en el aparcamiento sólo había una furgoneta de matrícula alemana. Sentada en una piedra del arenal, con los restos de la marea a sus pies —una delgada lengua de espuma y algas—, vimos a una mujer mayor leyendo, ensimismada. La imagen no podía ser más hermosa: en medio de aquel paraje ceñido por nubes de tormenta, pizarras oscuras, ronco rumor oceánico e intensos matices verdes, una viajera solitaria apuraba la tarde con un libro entre las manos. Le tomé una fotografía sin que se apercibiera de ello y escribí días más tarde un poema que describía el momento. Hoy, cuando me siento feliz por ser una pequeña parte de Gesto y honrado porque a Gesto se le haya reconocido su trayectoria en favor del libro y la lectura, quisiera compartir este poema con todos los que han hecho posible este momento.


Leer

Leer hasta en la soledad
de una playa abandonada de mar por unas horas,
frente al angosto estuario
que custodian los acantilados de pizarra.
Leer sin reparar siquiera
que a los pies hay un pecio de marea
que enreda algas y nubes.
Leer con el sosiego suficiente
como para señalar las palabras maestras
sobre las que un libro se levanta.
Leer en un país extranjero,
en una costa lejana,
en la orilla de un arenal vacío,
cuando en la bajamar
parece igual de virgen
que un planeta todavía sin vida.
Leer para levantar luego
la vista de las páginas leídas
y ver mucho más de lo que la mirada alcanza.
Leer cuando la edad enseña
que el provecho de los años restantes
depende de pequeñas dichas:
un alto en el camino,
un paisaje que lo merece,
un libro que nos acompaña
y el olvido de cualquiera otra obligación

que no sea el instante.

domingo, noviembre 26, 2017

El tránsito y la herida
Emilio Amor
Ediciones Bajamar, 2017


Existen poemarios que responden a una intención original que se pone poco a poco en pie y a la que le otorga cuerpo el trabajo creativo orientado por esa finalidad que lo convoca y justifica, y hay otros poemarios, en cambio, que se articulan engarzando lo que el aluvión del genio creativo va trayendo sin más plan previo que la necesidad de darle cauce a lo que afluye. En este segundo apartado, sin lugar a dudas, se sitúa El tránsito y la herida. Un libro inspirado más que planeado; urgido por el talento imaginativo de un escritor para quien la vida tendría un horizonte demasiado estrecho sin las alas del arte. Por eso Emilio Amor recurre tanto a la pintura como a la literatura para sobreponerse al suelo rasante. Y a fe que lo consigue.

Para uno, que cultiva eso que bien puede denominarse poesía povera, tejida en y de cotidianidad, asomarse a un libro de Emilio Amor es siempre como celebrar un festivo en medio de la semana laboral o darse un capricho olvidando austeridades o dietas. A uno, que viene de la poesía inteligible (connotativa, claro, pero no desbocadamente connotativa), asomarse a un libro de Emilio Amor le exige renunciar al protocolo y reflexión racionalista y abondonarse al trance apoyando displicentemente los pies sobre la mesa por el tiempo exacto de la lectura (y hasta de la relectura). Porque esta escritura nace una querencia indisimulada hacia aquella vanguardia de principios del XX que puso en cuestión los límites del racionalismo y el sentido de su progreso (un paradójico progreso cuyos avances científicos y tecnológicos acarrearon el inesperado envés de una guerra mundial). En tal contexto de decepción aparecieron múltiples movimiento o "ismos", que estaban movidos por un objetivo común: la ruptura con las formas expresivas imperantes hasta entones (sentimentalismos vacíos, sensualidades ornamentales modernistas o hueras sonoridades métricas). La poesía buscaba una nueva dignidad.

Este y los anteriores libros de Emilio Amor beben de esas fuentes, practicando un evidente tributo a aquel imaginismo que confiaba en la imagen como medio de una expresión poética liberada de ataduras formales. Este y los anteriores libros de Emilio Amor evidencian una notable influencia surrealista en el flujo brillante de palabras y escenarios que tienen quizás un impulso consciente, pero cuya ligazón final viene auspiciada por un inconsciente poético que revela asentadas capas de muy concretas lecturas y visionados obsesivos de muy concretas imágenes pictóricas. De estas vetas se nutre, uno piensa, la creación de Emilio Amor.

No se está, entonces, ante una poesía que admita interpretaciones orientadas, puesto que más que ante un proceso comunicativo, nos hallamos ante un intento de comunión sensorial: se transporta al lector a un mundo literario, sonoro y visual, en el que se alienta a una percepción, más que del significado, de la belleza a que aspira toda obra literaria que no busca respuestas ni consuelo, ni es denuncia o diálogo reflexivo, sino, fundamentalmente, objeto artístico creado sobre las múltiples evocaciones que la palabra, por sí misma, es capaz de provocar.

Pues bien, llegados a este punto, quizás convenga preguntarse qué lector requiere la poesía de El tránsito y la herida. Supongo que alguien no muy diferente al público propicio para el lucimiento de los hipnotizadores. Alguien con fe en que un reloj de bolsillo, oscilando como un péndulo en el aire, le confisque la voluntad. No vetan estos versos la curiosidad de ninguna mirada. Es más, incluso aquellos que puedan declararse desconfiados ante el decir suntuoso, aquellos que son más partidarios de la austeridad y de las interpretaciones unívocas, pueden también sentirse seducidos por la manera de escribir de este poeta empeñado, sobre cualquier otro propósito, en ser brillante. Así que basta con que atendamos fijamente al ritmo de estos versos igual que se atiende al ritmo de un oleaje de mar o de mieses, igual que se fija la mirada en las llamas de un fuego, como nos ensimismamos ante el reloj de un hipnotizador. A los reticentes los ganará pronto la causa. Los demás, lectores de Samuel Stawton y ornitólogos de pájaros extintos, somos ya causa.

Dije una vez, en la introducción a una lectura de Emilio Amor, que hay hombres que nacen antes de tiempo y tratan, como pueden, de aproximarse al futuro que les estaba señalado. Julio Verne fue uno de ellos y viajó en sus libros a la edad que, de verdad, le pertenecía. Y hay otros que llegan a la vida mucho después de lo que hubiesen deseado. Por eso estos últimos regresan a menudo sobre un rastro imaginario al mundo que perdieron, pero al que no renuncian. Aquel Emilio Amor idealizado que fue Samuel Stauwton habría conducido, con una mano en el volante y la otra aferrada a una petaca de plata con bourbon, el automóvil en que un foulard con maneras de serpiente estranguló a Isadora Duncan poco antes de que la diva gritara  “Adieu, mes amis. Je vais à la gloire “.  Y de una “gloire d´époque”, de una vanguardia de principios del XX, aquella que puso en cuestión los límites del racionalismo y el sentido de su progreso, de unos "ismos” que pretendían la ruptura con las viejas formas expresivas, de aquella búsqueda de nueva dignidad para el arte, viene esta poesía que confía sobre todo en la imagen como medio de una expresión poética liberada de ataduras formales y que se inspira en un surrealismo liberador que alumbró entonces una expresión reveladoramente enriquecida del mundo  interior de los creadores. Un tiempo entreverado de decadentismo, de románticos y malditos, de dadaístas y mujeres fatales, de pintores que se exiliaban en islas y boxeadores que escribían versos, de poetas que traficaban con armas.

¡No pongas velas a los significados! y ¡No tengas miedo de los significados!, son dos versos separados en el libro por muchos poemas, pero constituyen una sola advertencia: debe repudiarse la religión de los prudentes. El lector de El tránsito y la herida ha de aliarse, como el propio autor, con la arbitrariedad significativa de lo que fue surgiendo sin plan previo, de lo que se escribió por intuición y con oficio. Pero donde, aun así, hay recurrencias a las que debe aludirse por poner en guardia sobre ellas al lector y porque dan noticia de que también en los poetas más libres, en los más predispuestos a ponerle voz a las urgencias del  inconsciente, también en ellos los asuntos universales de la literatura, del arte, son siempre los mismos: el amor, el tiempo y la muerte. Quizás en este nuevo libro de Emilio Amor estén mucho más presentes los dos últimos de los asuntos aludidos, que se manifiestan ya desde el primer poema: “La vida transcurre / en primera persona del singular. / De los meandros amarillos / hasta la esclusa blanca”. Y que se expresan tan hermosa como sobrecogedoramente mucho más avanzada la lectura en los versos: “Yo quise en mis plegarias postergar esa noche / en que la muerte llega de puntillas / a revolver en los cajones de mi alma”. Pero que son asuntos, en todo caso, ante los que se rearma afortunadamente la esperanza en el final justo de la obra: “la vida se cuela intensamente / entre los poros de la piel y entre las venas”.

Hay, además, una circunstancia ambiental a destacar que revela su protagonismo no sólo en este libro, sino en muchos de los poemas que conocemos de Emilio Amor: el mar como escenario, que no sólo se ofrece de telón de fondo, sino que aporta todo un atrezzo de caracolas, peces, sirenas, garfios, pantalanes, gaviotas, barcos, malecones, ballenas, velas, naufragios, playas o nombres propios como Sargazos o Adriático. Una mar que es sobre todo compañía, espacio en el que se leen los posos de la vida y sobre el que, además, y como en una enorme laguna Estigia, se navega hacia el más allá: “Un día me iré desnudo / sobre el caballo blanco de los mares / a buscar el Dorado. / Navegaré en las córneas de mi hijos, / como el bárbaro que irrumpe a sangre y fuego / en los enigmas de la cristiandad. /Habrá viento en las velas hacia ese sur ingrato / y no habrá quien espere mi anunciada llegada, / salvo esa bella dama que nunca me olvidó”. Esa mar deja ver a veces, en medio de la niebla, el apunte de un barco vikingo, un esbozo que recuerda el reverso mismo de la tumba de Borges, en la que sobre una piedra tosca se dibuja, igual que en la portada del libro de Emilio, la eterna pero digna derrota de la nave sobre la que navegan las vidas valientes.

Soy, como queda dicho, parte de la causa: lector entregado. Les invito por ello a que Vds. también lo sean y tomen partido a favor de esta lectura luminosa, donde la tristeza se convierte en el hilo dorado que engarza las bellísimas e inspiradas imágenes de este poemario cuya interpretación última no creo que pueda ser otra que la defensa de la sola fe profesada por Emilio Amor: la poesía. Y así lo dice en uno de sus poemas: “la función del poema fue mi fiel evangelio”. 

viernes, noviembre 24, 2017

Cantata de los días tasados











Al margen va el fallo.  Y los motivos que, según parece, lo animaron. Agradecido quedo. La publicación, será, supongo, una edición no venal en la que se recogerá este breve poemario que he titulado Cantata de los días tasados. Entretanto llega, se adelanta más abajo algo de su contenido:





                                                                                                                            Recitado
Así engarzo las cuentas de mi vida, los días y los afanes, el pesar y la dicha, el remordimiento y sus cauterios. Así engarzo mis días, con el ahogo propio de quien sabe que el aire concedido no alcanza para llenar eternamente la sed de los pulmones.
  
Días contados

Empiezas a tener
la exacta edad de las renuncias.
Volverías por ello quizás
a correr sólo por nada,
por el solo placer de los cansancios;
volverías a dormir a ras de tierra,
sin frío siquiera ni todavía costumbre;
volverías a beber hasta estar ebrio,
y a comer hasta el hartazgo,
y a amar hasta rendirte exhausto
al indicio fugaz de que el placer,
todos los placeres, también la vida,
tienen siempre sus días contados.

jueves, octubre 19, 2017

Chano

El texto que transcribo más abajo se colgó aquí hace ya once años:

Suelo tomarme el café de media mañana en el Gregorio. Cuando anda tras la barra Chano y alguien le menta la pesca, puedes tirarte un buen rato esperando por la consumición. Se le va el santo al cielo. Ayer conversaba telefónicamente acerca de un libro de fotografías aéreas de la costa gallega. Si Chano habla por teléfono, es fácil enterarse de lo que dice: eleva el tono de voz tanto como si quisiera asegurarse de que la distancia con su interlocutor debe salvarla a medias con la compañía telefónica. “Son unes fotos precioses -gritaba entusiasmado-. Ves toda la costa y cada una de les playes con una nitidez acojonante. Paez que están saltando les chopes nel agua.”. Chano habla de chopes y de furagañes como de sirenas. Va haber que atarlo a la cafetera como a Ulises al mástil; en cuanto oye la marea pierde el sentido y desatiende el negocio.

Sigo tomando a media mañana el café en El Gregorio. Es jueves y le tocaba abrir a Chano, pero me temo que hoy no va a llegar a tiempo.


lunes, septiembre 25, 2017

Último acorde para la Orquesta Roja

Último acorde para la Orquesta Roja, de Luis T. Bonmatí (Aguaclara, 1990)
En el último párrafo de la narración se escribe: “al acabar esta obsesión o novela…”. Pues bien, nada es más acertado que calificar como obsesión lo que uno ha ido leyendo hasta ese momento, pues responde, en efecto, al pormenorizado relato de un obstinado empeño: el del hijo de un antiguo espía ruso que busca denodadamente a su padre, a la vez que trata de rehabilitar la memoria de ese hombre que llegó a creer muerto y al que se le dio por traidor. Es, en resumen, la historia cierta de Luc Michel Barcza, nacionalizado español y locutor de radio en Alicante, que a finales de los ochenta intenta que un escritor acreditado y eficiente replique lo que años antes se había contado en La Orquesta Roja por el Gilles Perrault, autor que escribió sobre el papel que en la Segunda Guerra Mundial jugaron los espías soviéticos infiltrados bajo la denominación “Orquesta Roja”. Cuando Hitler se enteró de que la Orquesta “tocaba el piano” —como en la jerga de los especialistas se decía sobre su capacidad en el manejo de transmisores empleados para el envío de mensajes cifrados a Moscú—, y que encima lo hacían desde Bruselas, Paris, Londres, Amsterdam e incluso Berlín, o sea, en las narices mismas del Tercer Reich, lanzó a los perros guardianes de la Gestapo a la caza de “los músicos”. Para esa persecución se constituye una división especializada: “lograrán atrapar tocando el piano” a muchos de los integrantes y colaboradores del espionaje ruso. También cayó el director de la Orquesta, Leopold Trepper, judío de origen polaco, al que se instruyó en Moscú sobre el arte del espionaje en la Academia del Ejército Rojo. Cuando lo capturan comienza el llamado “Gran Juego”: convence a los nazis que dejen de torturar a sus compañeros a cambio de colaborar contra el estado soviético. Aunque lo cierto fue que parte de los miembros apresados de la Orquesta siguieron transmitiendo mensajes cifrados con información exacta sobre dónde, cuándo, con qué armas y con cuántas tropas iba atacar el ejército alemán a la URSS, incluyendo en esa información todo lo relativo a la batalla de Stalingrado. No obstante, el papel de aquel espurio colaboracionismo nunca quedó suficientemente  aclarado y al final de la guerra, el régimen soviético hizo que los “músicos” purgaran con años de ostracismo, destierro o cárcel las dudas que sobre ellos se cernían.
La descripción que Perrault hace todo ese período y de cómo actuaron en él los protagonistas, dejaba en mal lugar a Anatoli Gurévich, quien en febrero de 1939, a la edad de 26 años, se había convertido, bajo el pseudónimo de Kent, en agente clandestino del Ejército Rojo. Justo después de terminar su entrenamiento, se le envió a Bruselas, registrándose allí como un empresario uruguayo de nombre Vicente Sierra. Gurévich, Kent o Sierra, según se prefiera, fue lugarteniente de Trepper. Tras ser hecho prisionero colaboró, supuestamente, con los nazis y por ello, finalizada la contienda, y ya en Moscú, fue condenado a veinte años de trabajos forzados, de los que se le amnistió en 1955, cuando finalmente quedaron disipadas todas las dudas sobre su supuesta cooperación con los alemanes. Ese hombre, del que se perdió toda pista al acabar la II Guerra Mundial, era el padre al que Luc Michel Barcza buscó durante muchos años, el hombre al que quiso, también, restituirle la honra. 
"Esa obsesión de un tipo de 46 años por su padre me puso a escribir", afirma el narrador, que, a su vez,  deja traslucir tanto en las palabras con que abre la novela (A mi padre muerto como una desgracia: cerca. Para su padre, vivo como una fe: lejos.), como en el párrafo que a continuación transcribiré, y que habla de la muerte de su propio padre del enorme vacío a que lo sometió este fallecimiento, la predisposición a convertirse en la pluma adecuada que dé forma a esa obsesión por una ausencia paterna. 
(…) De camino a su cuarto, me crucé con la camilla sobre la que una sábana angulada no lograba ocultar la evidencia de la muerte. Seguro de la respuesta, pregunté al celador quién era pero, sin darle tiempo a responder, levanté la blancura, descubrí su cara. Llevaba intactas todas sus maravillosas arrugas: aún era mi padre. Le di un beso como si le estuviera diciendo hasta mañana, y fui adonde mi madre recogía y mojaba las cosas que el tiempo y la compañía acumulan en el cuarto de un enfermo. Antes de entrar en la oscuridad del depósito de cadáveres, donde él había llegado antes que nosotros, miré arriba y vi abrirse una noche de agosto en la que sólo faltaba la Vía Láctea que él me enseñó de niño. Ese día en el pueblo de mi padre eran precisamente sus fiestas y yo pensé: “Igual te has ido a verlas porque no puedes pasar por donde lo venden. Sin avisar, como de costumbre”. Porque amaba las fiestas y su pueblo, era muy bromista y, aunque al final sólo estaba triste porque la vida le gustaba tanto, sé que habría sonreído ante mi falta de respeto. Luego llegaron mis hermanos. Pocas veces he ido a su tumba. No hace falta: allí no está mi padre porque a mi padre yo siempre lo llevo en el bolsillo ya que era risueño, limpio de corazón y no pretendía dirigir a nadie. Ni siquiera necesito ver su foto para verlo.

Para ello, nos revela el autor, “El material básico estaba dado. Había que elegir el modo de contarlo". Y es que se disponía, claro, del testimonio directo de Luc, con la rememoración de cómo había transcurrido su infancia en la añoranza de un padre primero aparentemente muerto y luego probablemente vivo en una patria lejana e inaccesible como era la URSS. Y a ello se añadía un material no sólo valioso por lo que de testimonio suponía, las memorias de Margarete, la madre, sino casi literario, por la enorme fuerza narrativa que contenía, a la que una traducción adecuada y unas notas muy oportunas en los márgenes, convirtieron, casi, en la propia novela, no sólo por lo mucho que ocupan en ella, sino por la subyugante confesión que supone el relato en primera persona, parcial pero brillante, de cuál fue el papel de esta mujer de origen judío y procedencia checa, casada sin saberlo con un espía ruso, del que estuvo toda su vida perdidamente enamorada, que sufrió destierro, cárcel y privaciones después de una juventud acomodada burguesa, y que se enfrentó, acabada la guerra, a la difícil tarea de sacar adelante a sus dos hijos sin profesión ni maneras, con una mezcla de arrojo, encanto, promiscuidad y resignación que la convierten finalmente, y a mi juicio, en la verdadera protagonista de este libro escrito con el oficio de quien abordó en su día la empresa según este entender el oficio: 
Uno, más o menos, dedica la vida a aprender a escribir. Lee, comenta, aprende, ensaya, va recogiendo elementos dispersos con los que, en cierto momento, compondrá un puzzle maravilloso. Escribe poco: a veces porque no quiere, a veces porque no puede, a veces porque no le dejan o no sabe. Acierta de tarde en tarde en pequeños intentos, que los amigos le alaban. Le dan algún premiecillo o empujoncete. Recibe críticas de desconocidos, por lo general buena. Y llega un momento en que uno se ve dueño de la escritura y conocedor de la vida: entonces puede escribir una novela. Abandona en ciertos momentos. Desespera. Pero el absurdo de escribir algo decente vuelve a salir siempre, cada vez con más frecuencia y poder según la edad aumenta pero el tiempo disminuye. Hasta que se fija como un clavo, y entonces ese absurdo —al ser el único que a uno lo mantiene con vida, pero al no acabar de conseguirse— se hace innumerable. Si cesa, entonces uno está perdido para siempre. 
El que así habla, el que así escribió Último acorde para la Orquesta Roja, es Luis T. Bonmatí, que se convierte a su vez en coprotagonista de la trama como narrador que desvela al lector de qué manera se fraguó su redacción en respuesta, inicialmente reticente pero luego apasionada, a la insistencia con que le urgió a ello el conocer a Luc, su búsqueda, su orfandad, la fascinante historia de la vida de sus padres y la necesidad de poner por escrito todo aquel material histórico y a la vez literario de modo que se convirtiera en reclamo a través del que llegar, si seguía vivo, hasta el padre espía que vivía en la patria rusa. 
La novela se publicó en 1990. A su término el lector no sabe a ciencia cierta si finalmente se produjo el encuentro entre padre e hijo. Esa amputación del desenlace revela la verdadera naturaleza del libro: una empresa literaria, no una investigación histórica. De ello quedaban pocas dudas una vez abordada la lectura hasta sus últimos renglones: la reflexión sobre el proceso creativo, el celo con que se cuida de un discurso siempre claro pero siempre también matizado por su inspiración literaria y la urdimbre con que se teje el testimonio cierto pero literaturizado, además de sabiamente anotado, de Margarete, son, entre otros, los rasgos de un insobornable quehacer novelístico. Que finalmente no se sepa si el hijo llega a no a conocer al padre hace que toda la motivación de lo escrito repose no en la verdad histórica, sino en la obsesión de la búsqueda; y no otra cosa es la literatura que un ejercicio al que nos empujan las obsesiones.

lunes, septiembre 18, 2017

El cuaderno de la guerra (y algunas notas sobre la paz)


El cuaderno de la guerra (y algunas notas sobre la paz), de Juan Ignacio González (Bajamar, 2017)

Quizás esta poesía no alcance la bendición de quienes, con celo preceptivo, señalan qué tipo de versos deben escribirse en este tiempo (desde hace ya bastantes años, el plácet sólo lo disfrutan las greys pastoreadas, de un lado, por los adalides de la figuración de la experiencia o, del otro, de la abstracción instrospectiva). Es cierto, no obstante, que se ha abierto una tercera vía a la que Ángel Prieto L. de Paula llama de la rehumanización, basada en una poesía del desconsuelo que considera el arte como el espacio de la resistencia, pero aunque la intención pudiera serle afín, las formas de esta tendencia tampoco son las de El cuaderno de la guerra, de Juan Ignacio González. ¿Dónde situar entonces este poemario? Pues sencillamente en la particular y firme trayectoria personal de un autor que sigue escribiendo desde sus inicios hasta ahora con un pulso similar: su corazón bombea con energía épica un canto que, sobre cualquier otra cosa, honra a los desposeídos (por miseria, guerra o persecución) y evoca el destierro de la infancia y sus dioses tutelares (los padres esforzados).

Fijadas las coordenadas, conviene detallar lo que desde esa ubicación se levanta. ¿Cómo se aborda el proyecto? ¿Desde qué presupuestos? ¿Con qué herramientas? ¿A quién alcanza? Son éstas las elementales preguntas que cualquier reseña literaria se debe plantear; las preguntas a las que se debe intentar dar respuesta.

El cuaderno de la guerra (y algunas notas sobre la paz) es, desde su título, un libro de urgencias. Está escrito desde la trinchera, que es un lugar donde más que reflexión, se ejerce la defensa de la vida, la propia y la de quienes elegimos por compañeros de destino. Hay un poema breve, Manifiesto en favor de la prohibición del ajedrez, que resume el espíritu de este ejercicio literario cimentado en el compromiso: “Sacudid el tablero, la partida / debiera terminarse / cuando se mueren todos los peones.” El autor se alinea con los peones y anima al lector, a través un  modo imperativo que configura un destinatario colectivo al que se interpela, a defender la causa de los débiles en la alegoría que desarrollan los versos, que equiparan vida y ajedrez, rey y poder, peones y oprimidos.

El poemario se despliega así, tras la magnífica portada conceptual ideada por el equipo de Lloviendoletras, como una especie de bitácora donde se exprime la amargura del conflicto y las alianzas que en él se entablan. Lo dice bien la cita inicial de Saniya Saleh, considerada una de las mayores poetas sirias: “¿Qué haces aquí en la guerra” (…) Unirme más y más a quienes amo.” Aunque Saniya no vivió para ver el desmembramiento actual de su patria, su condición de mujer, su procedencia y, sobre todo, esos versos citados, la convierten en una inmejorable elección como arranque de un libro cuyo primer poema expone al lector la intención de abordar un descarnado inventario: “el número de víctimas, el coste de encalar los paredones de los fusilamientos, el mármol de las losas, (…) las lágrimas de las madres, los rostros de los huérfanos, (…) los pasos del suicida, y (…) nuestra derrotas (…) cada vez que el poder nos declara la guerra”.  Así se hace a lo largo de los treinta poemas que constituyen ese cuaderno bélico al que, como contrapunto, se le oponen algunas notas sobre la paz (veintiún poemas), donde, aunque el tono sigue instalado en el desaliento, se atisban ciertas señales de esperanza, entre las que destacaría, sobre todo, la redención cierta que narra el poema Versos sobre el origen de toda la esperanza, la historia de Kaba Mamadi Kante, uno de esos peones al que la vida convirtió en polizón de un carguero, que llegó a la tierra prometida y en ella encontró, gracias a la protección solidaria, un futuro.  

La intención queda expresada y también el ámbito de responsabilidad cívica desde el que se postula, que tiene el poder de provocar la creación, pero que no la justifica, porque como acertadamente afirmó John Ashbery, que había vivido en una era de turbulencias políticas sin por ello componer himnos sociales. “Poesía es poesía. Protesta es protesta”. Los poemas de Juan Ignacio González parten mayormente del desgarro social, pero se construyen con propósito de belleza. La urgencia no les exime de la imprescindible exigencia formal, siguiendo la senda ejemplar que en tal sentido dejó abierta la obra de Yannis Ritsos, a quien se homenajea en dos composiciones que constituyen un oportunísimo epílogo al cuaderno de la guerra, de tal modo que cerrándolo así queda explicitada la inspiración no sólo de fondo, sino también de forma, que lo alumbró.

Las herramientas que para ello se emplean tienen mucho que ver con la poesía apelativa. El empleo recurrente del imperativo, en singular o plural, pero casi siempre dirigido hacia un lector colectivo, convierte la experiencia íntima del dolor, de la añoranza, también a veces, aunque escasas, del amor, no en un motivo de introspección, sino de oración laica, de himno arrebatado, de parábola sobre la que construir la complicidad y el compromiso colectivo. Este tipo de poemas requiere un verso largo, un ritmo subyugante que ayude a contagiar su vibración épica, una adjetivación profusa (a veces redundante, pero por ello quizás hasta más efectiva) y una impostación, en ocasiones, casi de púlpito. El poeta no baja casi nunca la guardia, permanece durante casi todo el libro con la frente alta, el tono arrebatado y voz emocionada. El ejemplo quizás más conseguido de este tono es Fiat Lux, un largo poema que aspira a convertirse en recitación colectiva, en canción, en rezo laico. Se relacionan en él diversos y trágicos oprobios sufridos por los débiles a lo largo, fundamentalmente, del siglo XX: Darfur, Saigón, Sarajevo, Gaza, Ciudad Juárez son algunos de sus escenarios. En medio de tanto desastre, sólo a la mano del propio hombre debido, un grito: ¡Hágase la luz!

Ese es el ámbito global, el del mundo que se da por territorio urgido de redención, de poesía, el ámbito también de la memoria a reparar, la de los niños de la guerra o la de la presas de Saturrarán, la de los esclavos de Alabama o los muertos sin nombre de Hart Island, pero cuando Juan Ignacio González circunscribe su perspectiva a lo más íntimo deja también una puerta abierta, aun entonces, a que ese sentimiento personal pueda convertirse, de algún modo, en una suerte de comunión colectiva. Así lo veo al leer Creencias, un poema breve que dice: Tocar la piel de un niño / en el primer minuto de su vida / o acompañar a un padre / asido de su mano, / en el último instante de la suya. / Lo más cerca de Dios que habrás estado. La experiencia personal da paso a una advertencia dirigida al lector. Esta poesía precisa, en todo momento, del otro, al que se apela casi desesperadamente, del que se solicita comprensión y empatía. 

Sólo el lector da sentido a este cuaderno. Hay libros que se escriben como consuelo. Que al ponerse en pie ofrecen, por fin, la imagen exacta de nuestro dolor. Que sean leídos también alivia, pero de una manera sólo complementaria. El cuaderno de la guerra (y algunas notas sobre la paz) necesita, sin embargo, imperiosamente de que lector haga suyos también estos poemas. Pensando en él se ha escrito, apelando a su complicidad, urgiendo su compromiso con cuanto de denuncia expone, pero también con toda la belleza que lo levanta desde el suelo hasta el corazón de quienes lo leemos tan en alto como el pecho nos urge.