martes, enero 31, 2012

Crónica parcial de un recitado

Encuentro poético con Juan Ignacio González.  Enero de 2012.
Uno escribe una poesía más intimista, por tanto, más pegada a lo que se es, a lo que se siente y a cuanto nos desasosiega; explicado todo como para entenderlo a solas y una vez se posa en el papel y se lee y se corrige y se fija finalmente como una certidumbre escasa pero que nos permite agarrarnos, por un breve espacio de tiempo, a la tierra. Nacho probablemente no tenga cuando escribe muy distintas inquietudes. Pero él no las acota hasta el minifundio emocional, sino que trata de adornarlas con la música apropiada y de trufarlas con iconos reconocibles y colectivos. Convierte por tanto sus cuitas casi en canción compartida. Por eso su recital resultó tan alegre como un góspel de iglesia negra. A ello contribuyeron, no poco, sus tablas en aulas y púlpitos públicos. Eso favorece la comunión instintiva con los oyentes, alcanzada del todo con la recitación de Fiat lux, que es una oración rabiosa, secular, con ritmo de cármina burana y que provocó aplausos y humedeció miradas. El despecho y la risa, administrados con sabiduría, no mezclan mal: se sabe que siempre hay motivos suficientes para la indignación, pero también que nada resulta tan fatigoso como un profeta malhumorado. Por eso Nacho a veces se vuelve un poco catulo y canalla. Por eso se tiene lástima de niño exiliado en la necesidad. Por eso introduce cada poema con gracias, sucedidos, imprecaciones o melancolías. Es la maña de quien cuida la escena como debe: luces y utillería. La poesía de los juglares se bate el cobre en plazas públicas y, en no pocas ocasiones, emboba con añagazas a los gentiles.Esta otra poesía, sólida y entonada poesía, en las manos y la voz de un juglar con oficio, sí, pero con verdad también, puede tanto con los fáciles como con los recelosos. Lo puedo jurar porque algo sé de prevenciones: ¿quién no se enfrenta con reticencia a los versos de otro cuando él mismo también hace versos? Pero, ¿quién podría ser tan avaro como para no apreciar lo que le emocionó de veras cuando, además, venía de un buen amigo al que tanto se quiere?

Ahi se dejan algunos versos de su Fiat Lux:

En las palabras del pastor de rebaños
que amansa el miedo de los niños
con la sal de la vida
detrás de la alambrada
de los campos heridos de Darfur.
Calle arriba, en la Alfama,
muriéndonos de amor.
Asesinados
por los fados de Amalia,
en la tasca más triste
donde hace tiempo ya,
olvidamos alcanzar el tranvía
de retorno a la nada.
Bajo las ruinas de un teatro-refugio
en Sarajevo,
cuando Mirko dormía
abrazado al cadaver de su madre
asesinada por francotiradores,
y los niños jugaban
a amamantar sus miedos,
con las venas abiertas,
porque no había esperanza.
Al bajar una a una
las gradas de Mathausen.
Una gota de vodka
por las heridas de los sacrificados
en la desesperanza,
mientras la orquesta de violines judíos
despide el tiempo de la redención
con un poema de Paúl Celan.
Por la turbia mirada del río,
en que el poeta decidió ayudar a la muerte,
mientras el Sena pasa
de largo por tu escote.
Por la risa expatriada
de aquel niño de Gaza,
que enfrenta al aguacero de las ráfagas
su honda de dios menor.
Bajo el pañuelo blanco de la plaza de Mayo,
mientras las madres pasan lentamente
buscándonos,
buscándolos,
proscritas de encontrarlos,
para siempre
como en aquel Decreto de “la noche y la niebla”
Por todas las violadas
por las hordas terribles
de Vladik y Milosevic.
Por las niñas ninfas de ciudad Juárez
asesinadas con la anuencia
de la Coca-Cola y Mister Shell.
En el olor dulce y seco de la melancolía
de tus ojos cauterio
que acuden a mi herida.
Por sobre las preposiciones de la duda,
alcemos de una vez la copa del invierno
y,
                    ¡hágase la luz!

miércoles, enero 11, 2012

Otro "lunes al sol"

Otro “lunes al sol” —aunque hoy sea en realidad miércoles—. Pese a que las doy por bien cundidas, siempre cree uno que podría aprovechar todavía mejor estas mañanas sin trabajo. Pero la pereza gusta de ponerle palos a las ruedas. Debe reconocérsele, no obstante, que a cambio nos brinda no pocos buenos ratos de ensimismamiento dulce, de esos como cuando nos arrebujamos bajo las mantas en los días fríos. Pero la muy artera  consigue a menudo retenernos a su lado más de lo conveniente, como esas madres absorbentes que para que no se les vayan los polluelos son capaces de ponerles lastre en las alas. En todo caso, paseé largo y sin prisa. Cuando salí a la calle aún estaba la helada desprendiéndose a desgana de la tierra, como clara de huevo. Salió luego el sol y pese al frío daba gusto caminar con un aire tan limpio y transparente.
Saqué algunas fotos en blanco y negro de los árboles desnudos. Saturé el color sin embargo al acercar la lente a las últimas hojas de cobre que resistieron el final del otoño. Finalmente me senté en una terraza a tomarme un café bajo la luz esplendorosa del mediodía. Leí durante un buen rato. Volví a casa por el Muro. Le encontré a la playa unas tonalidades de pintor acrílico y demasiado alegre. Caprichos de las mudanzas climáticas que dan últimamente, incluso por aquí, más motivos sorallescos que tamices propios, de esos que singularizaron los pinceles de Valle o de Piñole.