jueves, agosto 08, 2013

Aveiro y la otra
















No debería compararse nunca más esta ciudad con la otra. Se hace a menudo y pierde injustamente en esa pretendida semejanza. Porque las vocaciones de ambas fueron y son diferentes. Comercial, palaciega y decadente la de Venecia. Laboriosa, modernista y recogida la de Aveiro.  Allí la elegancia de un carnaval  cortesano, aquí la picardía de unos barqueros de puerto. Cuando el sol ilumina este par de canales domesticados y urbanos, se refleja en sus aguas el vivo color de las proas de los moliçeiros y los azulejos de las fachadas.  Cuando el atardecer le da relieve a las aristas del mundo, los galpones salineros más que de madera parecen de cobre repujado. Aveiro tiene una belleza sonriente, blanca y modesta; una plaza del pescado bulliciosa; jardines de acacias; templos luminosos y tascas de raciones abundantes y vino fresco.  Paseándola a veces hay que cruzar por encima de sus canales. En ese breve tránsito, cuando el viajero se acoda en los puentes y fotografía las alegres barcas y su estela, siempre tiene la tentación de recordar Venecia. Sépase que no le hace ninguna falta a esta ciudad acogedora, pues siempre se hace un hueco en la nostalgia de quien llega a ella, y no con la afectación de los escenarios  solemnes a que recurre la otra, sino con el poso dulce de los días apacibles al sol y sin prisa.

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