sábado, enero 28, 2017

Estampas levantaninas (y VI)

Amanecimos a las nueve. En la reducida habitación del hotel. Enrecovecada en una esquina de la octava planta. Mientras C. se aseaba, uno le echa una ojeada en la tablet a las noticias de Yecla, por ver si hay algo de lo nuestro, lo que aquí nos trajo. Encuentro unas cuantas fotos. Se las envío a Chlelo Sierra. Responde pronto agradecida. Paseamos luego por las orillas del Segura. Este sí que parece un río y no el Vinalopó. Pasamos de nuevo por delante de las puertas del Museo Gaya y dan ganas de apurar en sus salas lo que nos queda en la ciudad. Y hasta nos acercamos hasta la plaza de la catedral, animada por el sol y con sus terrazas concurridas. Luego, en poco más de una hora llegamos al aeropuerto. Retornamos el coche alquilado. No se ha portado mal. Tampoco la semana con nosotros. Día luminoso. Luz mediterránea, o casi, por primera vez desde que llegamos a estas tierras, y justo cuando ya nos vamos. Hacemos tiempo antes de coger nuestro vuelo de regreso. A través de las cristaleras del aeropuerto se ve el mar, quizás a no más de un kilómetro en línea recta. Se asoma como puede entre la dentadura desigual de las urbanizaciones de apartamentos. Resalta su azul intenso bajo el cielo desvaído por el frío. 


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