viernes, enero 27, 2017

Estampas levantinas (V)

Murcia. Hemos preferido cenar un tentempié en el hotel. Nos sentimos cansados. Esta itinerancia  nos ha ido mermando fuerzas. C., además, se ha constipado. Quizás fue el frío que pasamos mientras comíamos en Guadalest hace un par de días. Hoy hemos madrugado. Después de la presentación del libro ayer en Yecla y de la cena posterior, cuando nos fuimos a la cama eran la dos de la mañana. Así que haberse puesto en pie a las ocho no ha sido poco madrugar en esta habitación definitivamente espaciosa, bien calentada, con un baño también amplio, pero decorada como la alcoba de una abuela de pueblo, donde sólo se echa en falta una muñeca que pestañee sobre la colcha y un tapete de ganchillo bajo el televisor. Largos pasillos de suelo encorchado. Pinturas de una vanguardia que arrastra una retardo irremediable. Y en la recepción un anciano de cara redonda, pelo escaso, encanecido, cortado a lo cepillo. Cuello corto. Figura contundente en volumen, pero atemperada por su propensión a la circularidad: rostro hogazudo, manos gordezuelas y panza redonda. Con traje gris marengo que le tiraba por las costuras y con brillo de uso en las coderas. Como comprado unos kilos antes. Camisa blanca, amarillenta ya de mucha plancha, y corbata negra y estrecha. En conjunto, casi uniforme de tanatorio. Cachazudo. Al verlo, lo supuse uno de esos propietarios de negocios que siguen, a pesar de su edad avanzada —por encima del umbral de la jubilación—, cuidando de lo suyo con recelo de patrón hecho a sí mismo. Y sin embargo, cuando sin mucho reparo pegó  la hebra y contó y dejó rodar —circularidad oral— sus recuerdos, venimos a saber que no es señor sino vasallo, que su elegancia es la de un portero anticuado y que como tal permanece por culpa de sus hijos, cuatro, a los que no pudo encauzar a tiempo y le han robado salud, alegría y años de retiro. Que hasta tiene uno en busca y captura por tierras catalanas. O eso entendemos antes de que cortemos bruscamente la conversación por no amargarnos ni ayudar que este buen hombre se abra las venas de pena sobre la recepción. Una vez dejada la estancia, y tras desayuno de aliño, nos fuimos al Instituto Castillo Puche, que era mañana de gachamigas y nos habían invitado a compartirlas. Las gachamigas, según vimos, se hacen calentando en fuego de lumbre una sartén con aceite, añadiendo un puñado de sal para que no salten los ajos que van después y que han de sofreírse. Echando a continuación un puñado de harina que ha de chupar todo el aceite formando un pasta seca que debe aligerarse, poco a poco, con agua, revolviendo la mezcla en el sentido de las agujas del reloj justo hasta que se despegue del fondo, dorándola por un lado entonces y luego por el otro. En esa especie de torta resultante se van untando, en la misma sartén, trozos de buen pan y se come así, caliente y jugosa. Tan sabrosa con esos cuatro ingredientes que parece imposible esa maestría de lo humilde. Había a lo largo y ancho de los patios del instituto un montón de hoguerillas y sartenes donde alumnos y profesores se esmeraban en la preparación de las gachamigas. Y hasta algún abuelo sentado sobre trébede y con gorrilla de campo en la testa enmendaba con mano experta los titubeos en la cocción de los adolescentes. Probamos de varias y todas estaban buenas, aunque excelente era la que compartían en una mesa aparte la mayoría de los profesores, trufada de ajos tiernos, con una textura temblorosa de tetilla novicia y un sabor glorioso. Por allí compartimos impresiones con el hijo de Castillo Puche, al que se le veía acumular catas con gusto y conversar por cualquier rincón, que es persona afable y tertuliano ameno. Y con algunos docentes que habíamos conocido el día anterior y que nos pusieron al corriente de lo que era aquella tradición. Nos despedimos agradeciendo a José Antonio Ortega, director del centro, sus atenciones y llevándonos encima un olor a humo de trashumante. Pusimos rumbo a Murcia a través de un paisaje muy árido hasta Jumilla, donde el viñedo da vida al suelo. 
Nada más dejar los bártulos en el hotel, caminamos hasta el museo de Ramón Gaya, que teníamos casi al lado, en la animada Plaza de Santa Catalina. Ocupa una casa solariega pintada en colores amarillo pálido y blanco, con balcones enrejados y unos óculos laterales que iluminan su escalera interior. Tiene frente a la entrada, por guardia de corps, unas jacarandas espigadas. Gaya había donado en los ochenta un centenar de sus obras a la ciudad de Murcia cuando fue homenajeado allí por algunos de sus amigos al cumplir setenta años. Se le nombró entonces también Hijo Predilecto por el ayuntamiento. A esa primera donación, siguió otra compuesta por una serie de cuadros de su época mejicana. El municipio adquirió entonces la llamada Casa Palarea, que se convirtió en el Museo Ramón Gaya en el año 1990. Nada más entrar, nos paseamos por la exposición temporal instalada en la planta baja: Los sernas de Ramón Gaya y los gayas de Pedro Serna. Óleos y acuarelas entre los que se incluyen el retrato que Gaya realizó a Pedro Serna, o los numerosos homenajes que le dedicó, al incluir en sus bodegones pequeñas reproducciones de sus obras. Así que, casi en un juego de espejos, se puede contemplar el original de Serna y los homenajes que le rinde el maestro, Gaya, quien también firmó el cartel de una exposición de Serna en la galería Chys, colgado junto al boceto en tinta sobre papel de un Serna dibujando. Qué diálogo más emotivo ese en el que, a través de los cuadros, se escuchaba hablar a los dos amigos pintores en un mismo tono de voz, pausado, bajo, justo de palabras, pero cálido y afirmado en certezas compartidas. Y allí y así andábamos, viajando de la huerta murciana a Roma y Venecia, guiados por los apuntes de los pinceles de Serna y Gaya, cuando para nuestra sorpresa se nos acercó un hombre enjuto, de frente más que despejada, ligeramente vencido de hombros, con una mirada que casi pedía permiso para alcanzarnos, una voz suave, una sonrisa contenida, bondadosa, y un deambular dubitativo. Pedro Serna. No recuerdo exactamente qué fue lo que nos dijo. Sólo sé que durante unos minutos me sentí dichoso de que alguien que nos estaba dando tanto placer a través de su pintura tuviese la enorme humildad de acercársenos y compartir su gratitud por la atención que poníamos en sus lienzos. Hablamos de Gaya, de Trapiello, de los lugares evocados por sus acuarelas. Y parecía a gusto en la conversación y sin prisa por dejarnos aun estando, como estaba, requerido por, creo, unos periodistas que iban, suponemos, a entrevistarlo y a los que terminó acompañando ante nuestra insistencia de no demorarle en la cita pendiente. Fue un encuentro breve y hermoso. Fue una lección de generosidad y de sencillez. No le extraña a uno que Gaya, que se había prometido no hablar de pintores vivos, rompiera su promesa para hablar de Serna, para decir que “lo primero que diría de estos trozos de pintura es que están vivos, sencillamente vivos (en una obra de creación verdadera, el hecho de estar viva no viene a ser, exactamente, un valor, uno de los muchos valores que la componen, que la forman, sino una categoría, su categoría máxima, suprema, y, claro, su condición indispensable, porque sin el misterioso y diminuto soplo de lo vital no hay obra alguna de creación, sino mero artefacto); estas pequeñas pinturas han sido dichas como en voz baja y, al mismo tiempo, con fuerza, con un vigor, diríase, tiernísimo, primaveral; la dicción es de trazo muy fuerte, muy enérgico, aunque amansado, quizá, por una decidida hermosura, ya que la pincelada de esa dicción, de ese trazo, aparte de expresiva, es de una gran belleza, ¡como en los buenos tiempos!; no de una belleza estética, esteticista, sino natural. En la naturaleza, en el paisaje real de la naturaleza parece como si, de pronto, se formaran unos pequeños nudos, es decir, unos pequeños enigmas; a veces es tan solo un acento especialísimo de la luz, o una... musicalidad de la distancia , o del aire. Pedro Serna es muy sensible a todos esos misterios a pleno sol; en su pintura parece haber querido, con inspirada modestia, ir desatando los nudos que encontrara en la realidad del paisaje”. Insistía mi mujer para que me acercase hasta el hotel, donde habíamos dejado algunos ejemplares de mi novela presentada el día anterior en Yecla, y le acercase uno a Pedro Serna. Es un texto que tiene por protagonista a un pintor, así que quién mejor que un pintor para leerlo. No me atreví.  Por lo que seguimos viendo el museo, su colección permanente, dividida por épocas en salas, pasillos y escaleras. Lo que más aprecio de la pintura de Gaya es siempre lo más ligero, sin que ello signifique que esté esto falto de peso —que lo tiene, el de la experiencia con la que llega a esa ligereza—, sino desprovisto de nada que ya no sea esencial (“…la vida no puede ser espiada, indagada, investigada, juzgada, ni siquiera entendida, sino... comprendida, aprehendida. Comprender es acoger, acoger algo en su totalidad esencial, o mejor, en una esencialidad que resultaría ser su totalidad”). La obra de madurez, casi de vejez, es una maravilla de simplicidad y perfección. Los bodegones, los paisajes, los autorretratos, alguno de los muchos homenajes con que honró la huella que en él dejaron Velázquez, Cézanne, Degas, Murillo... Pasa en un suspiro la visita por mucho que uno se quede junto a algunos cuadros. La alegría siempre nos parece escasa. Ya era hora de cierre y salimos a la busca de un restaurante del que habíamos leído buenas opiniones, El girasol, vegetariano. Dimos con él, pero ya tenían reservado todo su aforo. Así que encontramos cerca un local pequeñito, también de inspiración vegetariana, El Mallorquín, y allí probamos. No estuvo mal el menú: ensalada y tabulé, conos de verdura, fajitas de pavo y yogur artesano. Sabroso, a buen precio y con unas cañitas bien tiradas. Al salir llovía y estaba frío. Nos quedamos en el hotel un buen rato. Quisimos a la tarde ver el museo Salzillo, pero cierra tan pronto que nos fue imposible (no parece que las cinco de la tarde sea una hora prudente para echar la persiana). Paseamos entonces por la ciudad hasta la Plaza del Cardenal Belluga, en el centro histórico. 
Allí se dan la mano poder civil y eclesiástico; palacio episcopal, ayuntamiento y catedral. Una vendedora de lotería era por esos pagos la viva imagen de la corte de los milagros, una corte resumida, singular e irrecuperable —no había milagro para ella—: cantaba su mercancía vestida con unas ropas de mujer que, si bien le asentaban en el tronco, resultaban muy desproporcionadas para un cuerpo que de cintura para abajo estaba como menguado, jibarizado por un severo daño óseo. La desventura siempre ha limosneado en este país a la puerta de la iglesia, o de sus palacios, como este de Belluga, caviar napolitano de paredes tintas y faroles cálidos que comparte escenario con un actor joven, que luce envarado y tiene aristas de galán en su rostro: el edificio levantado por Moneo para acoger algunas dependencias municipales y que se hace sitio, un poco a codazos, en esta hermosa plaza. A las gachamigas tempraneras no llegó a tiempo María Victoria, que me llama a la noche por teléfono por disculparse, aunque no haya motivo alguno para ello. Me había regalado un catálogo de la obra de su padre, Fernando Carpena,  a propósito del que escribí un correo por el que parece complacida. Decía yo en ese mensaje que gracias al catálogo, de una muestra a la que se le dio por título Ritos y costumbres, había podido conocer la pintura del artista yeclano:
Había quedado uno con la curiosidad por conocer su obra y he podido cumplir así ese deseo. Y desde luego ha sido muy grata la impresión que me han producido los lienzos y plumillas que en esta compilación se incluyen. Leí primeramente la rigurosa introducción de Concha Palao, que contextualiza bien la vida y la producción del pintor. El mérito de su constancia en circunstancias tan adversas y aun cuando la vida lo obligó a labores nutricias que poco tenían que ver con su arte. El arraigo en su tierra. La visión que de sus gentes, paisajes y sobre todo de sus costumbres plasmó en cuanto pintó. Y, desgraciadamente, su tan temprana muerte. Sobre esas costumbres se explaya Liborio Ruíz, a mi juicio demostrando más erudición que comprensión de la obra del artista, una obra de la que, sin embargo, sí hace una interpretación muy interesante Vicente Chumilla (al que, sin conocer, le presumo persona de carácter).  A la luz (o al claroscuro, quizás podría decirse) de lo que se muestra en el catálogo, el legado de Fernando Carpena merecería, si no lo tiene, un reconocimiento acorde a su calidad, que uno cree no deba juzgarse con baremos localistas o regionales, sino en comparación con la pintura que se hacía en el país en esos años. Hay originalidad y magisterio, un pulso expresionista que quizás beba fuentes solanescas o goyescas (pinturas negras), una turbadora visión de los ritos festivos, de la práctica religiosa o de la vejez. Una luz de un levante interior (nada sorallesco), sino mucho más castellano. Un levante azoriniano. Personalmente, me ha subyugado La bajada del Cristo, esa inclemencia climática, ese árbol desnudo que todo lo preside, esos rostros ocultos (salvo el del propio autor, atento en su frío moral a lo que le rodea), esos colores apagados, ese cielo opaco y ese sarcófago que brilla entre tanto abatimiento, pero que, sin embargo, parece casi vacío. Gracias por este regalo inesperado que guardaré con mucho cariño. Tienes que estar orgullosa de la obra de tu padre y lamentar que se fuera tan pronto.” Que de mi novela hubiese apreciado María Victoria seguramente más de lo que en realidad tiene, se debía, según pude saber en esa conversación telefónica de última hora, a ciertos paralelismos entre la vida del protagonista y la de Fernando Carpena, que murió demasiado joven y a quien, como al Héctor Bueres de Vísperas de nada, lo consumió quizás la falta de reconocimiento a su obra, un vacío que a veces se conjura entre copas y que siempre vuelve infinitas las noches.