martes, febrero 21, 2017

Manual de pájaros extintos, de Emilio Amor

Para uno, que viene de la poesía povera, tejida en y de cotidianidad, asomarse a un libro de Emilio Amor le parece como celebrar un festivo en medio de la semana laboral o darse un capricho olvidando la austeridad o la dieta. A uno, que viene de la poesía inteligible (connotativa, claro, pero no desbocada), asomarse a un libro de Emilio Amor le exige renunciar al protocolo racionalista y apoyar los pies sobre la mesa por el tiempo exacto de su lectura (y relectura). Uno, en fin, que pretende la precisión en lo que escribe, no puede, después de lo apuntado, sino intentar argumentar por qué habla, a propósito de la poesía de Emilio Amor, de fiesta inesperada o insubordinación contra las formas. Y es que hay, grosso modo, dos maneras de prologar, de reseñar o de presentar un libro de poesía. Una, recreándolo a través de una glosa bienintencionada, poética incluso, en la que se presume de la amistad con el autor, se apela a la sentimentalidad y se termina componiendo, con mucha floritura y poca enjundia, una alabanza alambicada de lo que se ha entendido poco o nada (por lo que más que explicar, se parafrasea). Otra, centrando el foco sobre el texto (sin descuidar, no obstante, el contexto) y tratando con humildad de ofrecer las claves necesarias para una mejor comprensión del mismo. Ese es el reto.

La crítica literaria viene aceptando que desde mediados de los setenta del siglo pasado, la poesía española, una vez superados los condicionantes de la guerra civil y de la posguerra, se bifurcó en dos grandes líneas creativas, una vinculada a la vanguardia y otra a la tradición, o lo que es lo mismo, una al neosurrealismo y las experiencias del lenguaje, y otra a la experiencia de la realidad, siempre más intimista. Como todos los encasillamientos, este no deja de ser también un mero intento de desbrozar lo tupido, cortando a veces por donde no se debería y dejando a uno de los lados lo que, por estar lindando, sería más justo que tuviese un pie en cada uno.

En todo caso, y por ir ubicando lo que Emilio Amor escribe, está meridianamente claro que la inspiración de sus versos viene de una querencia indisimulada por lo que fue aquella vanguardia de principios del XX que puso en cuestión los límites del racionalismo y el sentido de su progreso (cuyos avances científicos y tecnológicos acarrearon el envés de una guerra mundial). En ese contexto de decepción aparecen múltiples movimientos o "ismos", que aun de corta duración, estaban movidos por un objetivo común: la ruptura con la formas expresivas imperantes hasta entonces: sentimentalismos vacíos, sensualidades ornamentales modernistas o hueras sonoridades métricas. La poesía buscaba una nueva dignidad.

Manual de pájaros extintos bebe sobre todo de esas fuentes. Hay poso de aquel imaginismo que confiaba en la imagen como medio de una expresión poética liberada de ataduras formales. Y  evidencias de un notable apadrinamiento surrealista en el flujo brillante de palabras y escenarios que tienen quizás un impulso consciente, pero cuya ligazón final la auspicia un inconsciente poético que revela asentadas capas de lecturas e imágenes pictóricas. En esa veta se nutre la creación de Emilio Amor.

Como queda apuntado, la poesía que se está reseñando no admite interpretaciones restringidas (más que un proceso comunicativo, pretende una comunión sensorial: transportar al lector a un mundo literario, sonoro y visual en el que se le alienta a una percepción más que del significado, de la belleza a que aspira la obra). No obstante, en lo posible, sí quizás sea conveniente acotar las motivaciones sobre las que se cimienta este mundo de sensaciones, ilustrado, someramente, por algunos trabajos pictóricos del propio Emilio Amor.

El tono general del poemario es elegiaco. No es sino un canto de pérdida que lamenta el ocaso de una vida anterior. Esa extinción titula el propio libro: Manual de pájaros extintos, y se remarca todavía más con la cita que lo preside: “Todo lo que perdí, volverá con las aves”, de Jorge Guillén.

El libro está dividido en cuatro partes, tituladas como se detalla y encabezadas, cada una, por las citas que se trascriben:

Manual de pájaros extintos  (“En realidad hoy nadie sabe lo que es la noche”, de Antonio Colinas).
Imán de soledades (“Sabedlo al menos por mí, todo hombre tiene la estatura del desastre”, de Leopoldo María Panero).
La dulce llaga (“Y atravesando dulcemente llagas”, de Antonio Gamoneda).
Petite morte (“Mala puta la muerte y su caballo galopante”, de José Manuel Caballero Bonald).

El campo semántico al que aludimos como eje argumental del libro de Emilio Amor, la pérdida, sigue manifestándose en el título de esos capítulos: “extintos”, “soledad”, “llaga” y “morte” (en los dos últimos términos como pérdida de salud y vida); y en los versos de los autores citados: “noche” (pérdida de luz), “desastre” (pérdida por desolación), “llagas” y “muerte”.

Sobre esta modulación melancólica se alza el contraste expresivo de la escritura, cosmopolita (que no culturalista), colorida, brillante en alusiones e imágenes. Como dicen los propios versos (pág. 28), “Sobrevive el vértigo. (…) Este es el precio de la tristeza, la persistencia de la lucidez”. La extinción misma alumbra el acto creativo. “Hay que avanzar aunque el cansancio acose / y acuse a los corceles de la vida” (pág. 29). Ese esplendor mantiene encendida cuanto puede la llama de la esperanza, pero no es menos cierto que a veces es incapaz de sobreponerse al declive de la vida, a esos versos que olvidan, por un momento, la figuración y se vuelven crudamente aseverativos, doloroso y sinceros: “Existir es claudicar cien veces: / los amores perdidos una tarde, / los trabajos forzados por necesidad, / los hijos que se alejan en aviones vibrantes / hacia un destino incierto y sin fronteras, / y la salud mellada por los años” (pág. 71). Ahí está la extinción, la soledad, la llaga y una considerable dosis de muerte, la que nos va inyectando en vena cada uno de nuestros días.

Las aves de este catálogo volaron un día, fueron libres, desplegaron en el cielo sus alas y son sobre la taxidermia de este poemario la alegoría de un mundo que se alzó por encima de las ataduras a que nos somete el tiempo. Palomas, vencejos, búhos, abejarucos, ícaros, cisnes, golondrinas, águilas, halcones, pavos reales, pegasos, torcaces, lechuzas y, sobre todo, gaviotas. Esos son los pájaros del aire. Pero hay otros, indomables animales libres, que siguen volando en la memoria del autor y constituyen, dentro de la elegía global, dos elegías particulares hermosísimas: la que le dedica a su bisabuela, Josefa Ibars Mendoza (pág. 22): “Era funambulista / y en su pelo de nieve anidaban vencejos. (…) Tras refugiarse en Francia, con mi madre muy niña / y sin muñeca de trapo, / se enroló en el circo de los titiriteros. / Josefa Ibars Mendoza tenía un arca azul / y de noche cantaba sobre un barreño de latón”; y la segunda, y para uno la más sobrecogedora (sobre todo después de ver cómo el autor la recita con el corazón en los labios), el ragtime dedicado a nuestro añoradísimo Juan Garay: “Llevas en la mochila la mitad de mis sueños, / la belleza en el rostro de la madre que llora. / Llevas un detector de claridades, / la inteligencia de la ausencia. / Y mi canto se vuelve un llanto contenido, / un grito atragantado y sin cordura, / la incertidumbre atroz de la partida. / Ya no quiero esperar, nadie me aguarda” (pág. 57).

Son muchas las intuiciones que la lectura de este Manual de pájaros extintos pueden despertar en el lector que en él recale, las relaciones que pueden adivinarse con los libros anteriores de Emilio Amor (sobre todo en la manera de decir, más que en lo que se dice), los versos casi aforísticos que asoman aquí y allá en estas páginas (“A mis antepasados les bañó el mismo mar” —pág. 23—;  “la nada es el refugio de los dioses” —pág. 33—; “El laberinto es / la única forma de conservar la nada” —pág. 42—; “Así pasa la vida, inútilmente, / como el lince que acecha en el cercado” —pág. 69—), las evocaciones espaciales a que nos convoca… Todo ello es posible cuando la poesía tiene una vocación tan libérrima de significaciones. Con ese espíritu debe ser leído y, quizás, si en estas líneas se ha acertado, con la interpretación global para el conjunto que, en clave de elegía, se le ha adivinado desde esta reseña. Uno sólo espera que para “reinar sobre esos ojos tristes” de la vida, Emilio Amor siga escribiendo por mucho tiempo “deprisa y sin aliento” (pág. 78), como tantas veces vivió.