lunes, abril 24, 2017

De Madrid el cielo (y también los suelos)

Un hombre nos persigue con una mirada oculta. Viste con orden. Se peina con aceite. Se sienta sin cruzar las piernas. A través de sus globos oculares se convierte en sombra toda la luz de las ventanas. Mucho más abajo, en el patio, el recreo carcelario expone al sol ciertas afinidades.  Intercambio de cromos: tiempo por pereza, la que precisa una observación lenta de todo cuanto se ha ido imprimiendo sobre los muros interiores de este viejo recinto enrejado. Desde sus vanos, a la altura de las palomas, las antenas son lanzas rendidas. Lavapiés, como Breda, recoge las llaves de su libertad. Pero ilusamente la fía entera a los sueños seriados. A las imágenes de un mundo  que nunca oreará ropas menesterosas en los tendales de un barrio. Tan cerca y tan lejos del corazón del poder, de los caudales subterráneos, del  lujo indecente. A esa babilonia secreta, donde la demografía es un privilegio protegido por guardias privados, sólo las azoteas se sobreponen a la hora exacta en que se se extingue el día. Memento mori. Al amanecer, si hay suerte, bendecirá el sol los jardines y los músicos cantarán poemas al borde de los estanques y en las plazas grafiteadas. Por un salario de calderilla. Por el gusto de oírse en medio de una ciudad atareada y ajena. Bajo ese palio de notas, entre un gentío anónimo y ensimismado, las mujeres bellas convierten a su paso, por un instante de luz, las calles en altares.

 





No hay comentarios: